Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra — Mateo 28:18-20
Tiempo después de Pentecostés · Mateo 28:18-20 · Este domingo es Tiempo después de Pentecostés. Para quienes predican sobre Mateo 28:18-20, publicamos un sermón completo escrito en SermonSa
Este domingo es Tiempo después de Pentecostés. Para quienes predican sobre Mateo 28:18-20, publicamos un sermón completo escrito en SermonSage, desde la selección del pasaje hasta el borrador final.
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Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra
Título: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra Tema: La autoridad soberana de Jesucristo resucitado es el fundamento inamovible de nuestra misión en el mundo.
Introducción
En el silencio de la mañana, cuando las sombras de la noche apenas comienzan a retirarse, el corazón humano suele llenarse de preguntas. Nos preguntamos acerca del propósito de nuestra existencia, del peso de nuestras responsabilidades cotidianas, y de la dirección que toma nuestra vida en un mundo marcado por la incertidumbre. A menudo, como aquellos discípulos que caminaron por los polvorientos senderos de Galilea, nos sentimos pequeños y limitados frente a la magnitud de los desafíos que enfrentamos. Sin embargo, el mensaje que hoy nos convoca no nace de nuestra propia capacidad, ni de las fuerzas que podamos reunir para sostener nuestra fe; nace de la presencia viva de Aquel que ha vencido a la muerte. La escena que contemplamos hoy nos transporta a una montaña en Galilea, un lugar que no es casual, sino profundamente simbólico. Es allí, donde la historia de la salvación parece alcanzar un punto de inflexión, que el Resucitado se encuentra con los suyos. No es un encuentro de despedida, sino una comisión de autoridad. En este momento crucial, el Señor Jesús se acerca a sus discípulos para transformar su duda en certeza y su temor en un compromiso eterno. Aquellos hombres y mujeres, que apenas días atrás se escondían tras puertas cerradas por miedo a los gobernantes de ese tiempo, fueron invitados a contemplar la soberanía absoluta de Dios. Como iglesia, al reunirnos este domingo, nos situamos en la misma posición de aquellos discípulos. Estamos llamados a reconocer que el fundamento de nuestra fe no reside en las estructuras humanas, ni en la estabilidad de nuestras circunstancias económicas, ni en la seguridad que el mundo pueda ofrecernos. El fundamento es, y siempre será, la autoridad de quien ha sido constituido Rey sobre todo lo que existe. Al abrir las Escrituras en el Evangelio de Mateo, capítulo 28, versículos 18 al 20, no estamos leyendo simplemente un mandato antiguo; estamos escuchando el pulso mismo del reino de Dios que sigue latiendo en medio de nuestras familias, de nuestras luchas diarias y de nuestras esperanzas. Que nuestro corazón esté preparado para ser alcanzado por esta verdad, permitiendo que la autoridad de Cristo nos defina y nos envíe de nuevo al mundo con una nueva confianza.Cuerpo
Punto 1. La autoridad soberana del Señor resucitado
El texto nos dice con claridad meridiana: "Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra". Aquí, la palabra clave para entender la naturaleza de esta comisión es autoridad (ἐξουσία, exusía, autoridad, poder, permiso). Este término no se refiere a una fuerza bruta o a un dominio tiránico, sino a un derecho legal y legítimo, una potestad que ha sido conferida por el Padre al Hijo como resultado de su obediencia perfecta, su muerte sacrificial y su gloriosa resurrección. Jesús no está simplemente reclamando un poder que ya tenía; está declarando que, a través de su obra redentora, la soberanía de Dios se ha manifestado de manera definitiva y universal. Es fundamental comprender que esta autoridad abarca dos ámbitos: el cielo y la tierra. Para el creyente, esto significa que no hay rincón del universo, ni situación humana —por más oscura que parezca— que esté fuera del alcance del gobierno de Cristo. Cuando los discípulos escucharon esta declaración, su comprensión del Mesías se expandió infinitamente. Ya no era solo un maestro itinerante o un profeta de Nazaret; era el Señor del cosmos. Esta verdad es la que sostiene al creyente hoy. En los días en que la economía parece tambalearse, o cuando las familias enfrentan divisiones, o cuando nos sentimos abrumados por la inseguridad de nuestros barrios, recordar que Cristo posee toda potestad es lo que nos permite mantener la paz. Él no ha dejado el gobierno de la historia en manos del azar. La autoridad de Jesús es el motor de nuestra misión. Él no dice "vayan y vean qué pueden hacer", sino "vayan porque yo soy el Señor". Si nuestra misión estuviera basada en nuestra propia elocuencia o capacidad de organización, hace mucho tiempo que habríamos fracasado. Pero nuestra misión descansa sobre la roca firme de su señorío. Él ha sido designado por el Padre para ser la cabeza de la iglesia, y es su autoridad la que garantiza que, incluso cuando el mensaje del evangelio es rechazado por el mundo, la palabra de Dios cumple su propósito. No debemos temer a la oposición, porque Aquel que nos envía es el mismo que tiene las llaves de la muerte y del Hades. Reflexionemos en esto: ¿cuántas veces intentamos tomar el control de nuestras propias vidas, olvidando quién es el que realmente posee la autoridad? A menudo, nuestro estrés y ansiedad provienen del intento vano de ser "señores" de nuestro futuro. Al reconocer la autoridad de Cristo, nos liberamos de la carga de tener que controlar lo incontrolable. Nos sometemos a su dirección, confiando en que su plan es perfecto, incluso cuando nuestros ojos humanos no pueden ver el resultado final. La soberanía de Cristo es nuestra mayor seguridad. [1]Punto 2. El mandato de hacer discípulos a todas las naciones
Habiendo establecido su autoridad absoluta, el Señor emite una orden imperativa: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". El verbo principal en este mandato no es "ir", sino hacer discípulos (μαθητεύω, matiteúo, hacer discípulo). Ir, bautizar y enseñar son las acciones que acompañan y definen este llamado central. La misión de la iglesia no es simplemente acumular miembros en una lista, ni realizar actividades que nos mantengan ocupados los fines de semana; es la formación de personas que vivan bajo el señorío de Cristo, aprendiendo sus caminos y reflejando su carácter en cada aspecto de su existencia. La frase "haced discípulos a todas las naciones" rompió con todas las barreras que los discípulos habían conocido hasta ese momento. La visión judía del mesianismo, centrada en el restablecimiento de un reino nacionalista, fue desafiada por la magnitud del plan divino. El evangelio no tiene fronteras. La gracia no es propiedad exclusiva de una cultura, de un idioma o de una tradición particular. La iglesia está llamada a derribar los muros de la indiferencia y del prejuicio para llevar las buenas nuevas a cada rincón del mundo. Esto incluye a nuestros propios vecinos, a los familiares que aún no conocen al Señor, y a aquellos que están en las periferias de nuestra sociedad. El bautismo, por su parte, es el signo visible de esta nueva identidad. Al bautizar "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo", estamos introduciendo a la persona en una relación profunda y eterna con el Dios trino. Esta no es una fórmula mágica; es una proclamación pública de que la vida del individuo ahora le pertenece a Dios. El bautismo nos recuerda nuestra dependencia total de la gracia. No somos nosotros quienes producimos la transformación en el corazón del discípulo; es el Espíritu Santo quien convence, regenera y santifica. Nuestro papel es ser los instrumentos dispuestos, los canales a través de los cuales el amor de Dios fluye hacia aquellos que aún caminan en tinieblas. ¿Cómo se traduce esto en nuestro contexto? Se traduce en una vida de testimonio constante. Ser un discípulo significa que nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestra forma de tratar a los demás y nuestra manera de administrar los recursos que Dios nos da, deben estar alineados con las enseñanzas de Cristo. Si el mundo no ve una diferencia en nuestra vida, nuestro mensaje pierde su poder. Debemos ser discípulos que forman discípulos. Esto implica compromiso, tiempo y paciencia. Al igual que el maestro que instruye al aprendiz, nosotros debemos caminar junto a otros en su proceso de fe, compartiendo nuestras propias debilidades y las victorias que Dios nos ha concedido por su gracia. La misión es un acto de amor, una respuesta natural a aquel que nos amó primero. [2]Punto 3. La promesa de la presencia continua: El fundamento de nuestra esperanza
Después de haber proclamado su autoridad soberana y de haber entregado la misión de hacer discípulos a todas las naciones, el Señor Jesús concluye su comisión con una promesa que es el corazón palpitante de la vida cristiana: "y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Esta no es una despedida, sino una inauguración de una nueva forma de presencia. La palabra clave aquí es permanecer (τηρέω, teréo, observar, guardar), pues el discipulado que se nos demanda no es una carga que debamos llevar con nuestras propias fuerzas, sino una vida que se sostiene en la fidelidad ininterrumpida de Aquel que prometió no dejarnos huérfanos. La expresión "todos los días" es un bálsamo para el alma atribulada. En nuestra vida cotidiana, enfrentamos días de sol radiante y días de tormentas feroces. Hay mañanas en las que nos levantamos con la esperanza renovada, y otras en las que el peso de la enfermedad, el desempleo o la desintegración de los vínculos familiares nos hace sentir que el suelo se abre bajo nuestros pies. Jesús no nos promete un camino libre de dificultades, pero nos asegura que su compañía no conoce interrupciones. La soberanía que Él declaró en el versículo 18 es la que le permite estar presente en cada rincón de nuestra existencia, sin importar cuán difícil sea el terreno que estemos pisando. Esta presencia es el cumplimiento de la profecía de su nombre: Emanuel, Dios con nosotros. Desde el nacimiento en el pesebre hasta la victoria sobre la tumba, el propósito de Dios ha sido acercarse al hombre. Ahora, en el tiempo de la iglesia, esta presencia se hace efectiva a través del Espíritu Santo, quien nos guía a "observar" o guardar todas las cosas que Él ha mandado. La obediencia no es un requisito para ganar su amor, sino el fruto natural de reconocer que el que nos manda está caminando a nuestro lado. Cuando nos esforzamos por vivir de acuerdo a sus mandamientos, no estamos intentando complacer a un juez distante, sino respondiendo al amor de un compañero fiel que nos sostiene en cada paso. Muchos se preguntan: "¿Por qué, si Él está con nosotros, el camino es tan estrecho?". La respuesta reside en la naturaleza misma del discipulado. El discipulado no es una meta, sino una trayectoria. Jesús nos acompaña en este proceso de transformación, donde nuestras viejas estructuras mentales son reemplazadas por la mente de Cristo. Él no solo nos manda a ir, sino que Él mismo es quien va con nosotros, proveyendo la sabiduría necesaria en los momentos de incertidumbre y la fortaleza requerida en los momentos de flaqueza. Su presencia es el factor que cambia el resultado de cualquier misión humana. Sin Él, nuestros esfuerzos son inútiles; con Él, cualquier pequeño acto de amor se convierte en una semilla de eternidad.Esta promesa llega hasta "el fin del mundo", o literalmente, hasta la consumación de la era (συντέλεια, sintéleia, consumación, fin). Esto significa que la misión no terminará hasta que el Señor regrese. Nosotros somos simplemente eslabones en una cadena inmensa de testigos que han confiado en esta misma promesa. Pensar en esto nos debe quitar la ansiedad del éxito inmediato. A veces, en nuestras iglesias, nos sentimos tentados a medir el valor de nuestra labor por los números o por la visibilidad de nuestros ministerios. Sin embargo, el criterio del Señor es la fidelidad. Si estamos donde Él nos ha puesto, haciendo lo que Él nos ha mandado, estamos en el lugar de mayor éxito posible, aunque el mundo no vea grandes resultados. La presencia de Jesús es nuestra verdadera medida de éxito; si Él está con nosotros, nada más hace falta. Al considerar la amplitud de esta promesa, debemos reconocer que nuestra mayor debilidad es la incredulidad, el pensar que somos nosotros quienes debemos llevar el peso de la misión. Esta postura es una forma sutil de orgullo. Cuando creemos que el evangelio depende de nuestra elocuencia o de nuestra capacidad para convencer a otros, terminamos agotados y frustrados. Pero cuando aceptamos que somos solo canales, la carga se vuelve ligera. El Señor de la gloria, quien tiene toda potestad en el cielo y en la tierra, se ha comprometido a estar con nosotros. Esta verdad es inamovible, más sólida que las montañas de Galilea y más permanente que las estrellas del cielo. Nuestra esperanza no descansa en nuestras virtudes, sino en la fidelidad de Aquel que es el mismo ayer, hoy y siempre.
Conclusión
Amada iglesia, hemos contemplado la grandeza del mandato que nuestro Señor nos ha dejado. La autoridad soberana de Jesucristo resucitado no es una doctrina abstracta para ser discutida en los seminarios, sino el fundamento inamovible sobre el cual edificamos cada día de nuestra vida. Él tiene toda potestad, y por esa razón, nuestra misión en este mundo, aunque parezca humilde a ojos de los hombres, tiene un respaldo divino que trasciende los siglos. No estamos solos. En medio de los desafíos de nuestra vida familiar, en el cansancio del trabajo, en la incertidumbre de nuestra situación económica y en el deseo de ver a nuestros seres queridos restaurados por la gracia, el Resucitado camina con nosotros. Esta semana, les animo a que no busquen refugio en sus propias capacidades, sino en la promesa de su presencia. Cuando se reúnan en sus grupos pequeños, en sus hogares o en el culto dominical, recuerden que no se trata de lo que nosotros podemos ofrecer a Dios, sino de lo que Él ya ha hecho por nosotros. La misión de hacer discípulos comienza en el corazón de quien reconoce que ha sido amado primero. Que cada uno de ustedes, al salir de este lugar, pueda llevar la certeza de que el Señor de la historia está operando a través de su vida sencilla. No necesitan ser gigantes de la fe; solo necesitan ser discípulos dispuestos a caminar de la mano del Maestro, confiando en que Él está cumpliendo su propósito en ustedes hasta el fin de los tiempos. Oremos juntos: Señor Jesucristo, te adoramos porque eres el Rey de reyes y Señor de señores. Gracias porque no nos has dejado huérfanos, sino que has prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Reconocemos que tu autoridad es nuestro refugio y que tu misión es nuestra vida. Perdona nuestras dudas y nuestra tendencia a confiar en nuestras propias fuerzas. Te pedimos que, por medio de tu Santo Espíritu, nos capacites para ser discípulos que reflejen tu amor, tu verdad y tu santidad en medio de nuestras familias y nuestro entorno. Ayúdanos a guardar tus mandamientos no como una carga, sino como el camino de vida que tú nos has trazado. Que tu presencia sea nuestra mayor alegría y tu comisión nuestro mayor honor. Confiamos en tu obra perfecta, en tu muerte que nos dio vida y en tu resurrección que nos asegura la victoria eterna. Todo esto te lo pedimos en el nombre precioso de nuestro Salvador y Señor, Jesús. Amén.Este sermón fue escrito en SermonSage. Prepare uno para su congregación con el mismo pasaje → sermonsage.net
Referencias
Comentarios en los que se fundamenta este sermón. Los números entre corchetes remiten a las entradas siguientes.
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Verses 16-20 This evangelist passes over several other appearances of Christ, recorded by Luke and John, and hastens to this, which was of all other the most solemn, as being promised and appointed again and again before his death, and after his resurrection. Observe, I. How the disciples attended his appearance, according to the appointment (v. 16); They went into Galilee, a long journey to go for one sight of Christ, but it was worth while. They had seen him several times at Jerusalem, and yet they went into Galilee, to see him there. 1. Because he appointed them to do so. Though it seemed a needless thing to go into Galilee, to see him whom they might see at Jerusalem, especially when they must so soon come back again to Jerusalem, before his ascension, yet they had learned to obey Christ’s commands and not object against them. Note, Those who would maintain communion with Christ, must attend him there where he has appointed. Those who have met him in one ordinance, must attend him in another; those who have seen him at Jerusalem, must go to Galilee. 2. Because that was to be a public and general meeting. They had seen him themselves, and conversed with him in private, but that
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And Jesus approached and spoke to them. His approach unquestionably removed all hesitation. Before relating that the office of teaching was committed to the disciples, Matthew says that Christ began by speaking of his power; and not without reason. For no ordinary authority would here have been enough, but sovereign and truly divine government ought to be possessed by him who commands them to promise eternal life in his ham to reduce the whole world under his sway, and to publish a doctrine which subdues all pride, and lays prostrate the whole of the human race. And by this preface Christ not only encouraged the Apostles to full confidence in the discharge of their office, but confirmed the faith of his gospel in all ages. Never, certainly, would the Apostles have had sufficient confidence to undertake so arduous an office, if they had not known that their Protector sitteth in heaven, and that the highest authority is given to him; for without such a support it would have been impossible for them to make any progress. But when they learn that he to whom they owe their services is the Governor of heaven and earth, this alone was abundantly sufficient for preparing them to rise super
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